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Caballo ganador o refundación del PSOE
He hablado con distintos militantes cualificados del PSOE en los últimos días; muchos nervios con la tozudez de las encuestas y con la falta de visibilidad del PSOE como alternativa. La receta de que el tiempo lo cura todo se pone en cuestión. Alfredo Pérez Rubalcaba lleva su pasado inmediato impreso en la frente. No tiene crédito para ejercer con eficacia el liderazgo de la oposición. Se le ve a él y se le recuerda en compañía de Zapatero. Un estigma imposible de borrar.
Pero quizá esto, con ser grave, no es lo peor que le pasa al PSOE. El problema es que el PSOE ha dejado de ser un partido con decisión para conectar y liderar a la sociedad. Ahora solo aspira a tener condiciones para volver a ocupar el poder.
Desde año muchos años, el PSOE no es un partido de masas en la acepción técnica del concepto. Su vocación es el poder y no la sociedad. Sus militantes no tienen mecanismos de participación y liderazgo social al margen de la presencia de sus representantes en las instituciones. Su desconexión con la calle ha propiciado un aggiornamiento sin revisar radicalmente su tecnología política, su organización, su proyecto y su programa. Un partido de izquierda, tiene, por definición, que organizar, propiciar e impulsar el trabajo político de sus militantes en la sociedad.
Si se convierte en una mera maquinaria de propaganda y de asalto al poder con la labor mediática de sus cuadros, se convierte en un partido de cuadros, característica típica de los partidos conservadores. Cada militante tiene que tener asignado un trabajo político en la sociedad en función de su dedicación profesional y sus capacidades.
El proyecto del PSOE está caduco. Ahora propicia muchas cosas que no fue capaz de ejecutar en ocho años en el Gobierno. La trampa de la socialdemocracia ha sido jugar en el terreno de juego del capitalismo. Descalzos en el fango contra un neoliberalismo acomodado con botas de clavos. Cesiones para conquistar la adhesión de una clase media que se está destruyendo precisamente por no haber impulsado medidas de transformación socioeconómica de la sociedad. Demasiada preocupación por conseguir la comprensión de los poderosos.
El PSOE no tiene mucha gente que confíe en él porque sus respuestas carecen de una radicalidad transformadora.
El liderazgo es importante si hay un proyecto consolidado claro y una militancia organizada. Los bueyes han sido útiles en la agricultura. Si no tienen los arreos adecuados y la asignación clara de objetivos de cultivo no sirven más que para el consumo humano.
El PSOE se ha acostumbrado a buscar un caballo ganador, en acepción también establecida por José Luis Rodríguez Zapatero. Si hay un líder potencial pero no hay proyecto ni organización conjuntada y eficaz, el caballo ganador no podrá ganar la carrera. Se llame Madina, Patxi López o el más brillante de los caballos de carreras.
Cospedal y el nazismo
En el proceso de demonización de las protestas ciudadanas, la hipérbole puede ser muy peligrosa cuando se trata de relacionar conceptos desiguales e imposibles.
María Dolores de Cospedal, secretaria general del partido que gobierna, ha comparado las protestas ciudadanos en el entorno personal de los dirigentes políticos con las prácticas que realizó el nazismo en Alemania, como preludio del exterminio de los judíos.
Las fuerzas paramilitares del nazismo no se manifestaban ante las casas o los negocios de los judíos; las asaltaban y destruían. Y con estos episodios, que tuvieron su epicentro en la llamada “noche de los cristales rotos”, se abrió la espita progresiva que condujo a Auschwitz Birkenau y otros campos de concentración para labores de exterminio sistemático.
Lo que en España, importando un concepto que se acuñó en Argentina, está ocurriendo, es que grupos de personas organizadas se desplazan a los lugares donde residen o trabajan quienes consideran responsables de las consecuencias de esta crisis, para protestar de forma pacífica ante ellos. No ha ocurrido un solo episodio de violencia, o como máximo, subidas de tono en los gritos que se profieren. Nada de asaltos ni cristales rotos.
Pero la diferencia más importante y sustantiva es que los escraches no los organiza el poder establecido, como ocurría en Alemania. Y no existe ningún plan para linchar, agredir o destruir las propiedades de quienes sufren las protestas. Se trata del desahogo ciudadana allí donde pueden encontrar a los dirigentes que gobiernan esta crisis. Y se realizan en ese entorno privado porque estos líderes están blindados en cualquier lugar, inaccesibles a la ciudadanía.
Cuando se intentó protestar ante el Congreso de los Diputados, residencia de la soberanía popular, la policía se encargó de que el lugar fuera inaccesible. Se calificó la iniciativa de “intolerable”. ¿Dónde considera el Gobierno que pueden protestar los ciudadanos?
La comparación de Cospedal de los escraches con el nazismo no solo es insoportable, imposible e intolerable, sino además, una escalada en la criminalización de la ciudadanía y sus representantes.
El PP ha jugado fuerte en esa demonización. Sucesivamente lo ha hecho con los inmigrantes ilegales, a los que ha privado de asistencia sanitaria, los sindicatos, los médicos en protesta, los maestros e incluso los jueces.
Ahora llaman nazis a los participantes en los escraches. La tentación sería utilizar otra hipérbole como respuesta a la que ha promovido Cospedal. Pero una escalada no conduce a nada. Habría que pensar si no se parece más al nazismo ayudar con dinero público a la Banca y permitir que siga desalojando a ciudadanos de sus casas sin regular la forma de impedirlo.
Los nazis se quedaban con las propiedades de los judíos. Los escrachistas solo tratan de evitar que los ciudadanos comunes, “los judíos” de esta España desigual, sigan perdiendo sus propiedades en manos de los bancos que han sido auxiliados y protegidos económicamente por el estado.
Reflexionemos con serenidad. El problema esencial no son las protestas sino los desahucios. Demonizando y persiguiendo a los manifestantes se empuja hacia protestas más radicales, porque no desaparece la injusticia que las promueve.
Debiera relajarse la señora Cospedal que, a diferencia de los judíos alemanes y los pobres de España, tiene mucha protección y blindaje para su vida personal. Debiera preocuparse por los perseguidos y no por los perseguidores. Esa sería la única comparación posible –naturalmente exagerada e inadmisible- entre la Alemania Nazi y la España que todavía es democrática.













