Category Archives: Carlos Carnicero

¿Por que odia tanto y es tan ruin la extrema derecha con Madina?

Confesaré primero: conozco a Eduardo Madina desde hace años; no es un hombre fácilmente  cercano con todo el mundo; probablemente su carácter adusto es refugio de timidez. Es muy alto y ejerce. Enjuto, con mirada que puede parecer torva o recelosa. Amigo de sus amigos, reservado, aparentemente inseguro, abrigado por la duda existencial que promueve una bomba lapa adosada al suelo de su coche; se salvó porque es demasiado alto y el asesino no calculó donde se emplazaba su tronco; acertó con las extremidades.

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Y circunstancias familiares coincidentes –la muerte de su madre- influyeron anímicamente en su estado de ánimo ante la vida. Probablemente, contemplar tan de cerca la muerte le dejó marcado en una duda permanente sobre el sentido que quería darle a su existencia.

Luego, con el tiempo, navegando sobre el equilibrio entre una existencia sosegada, recipiente intelectual de sus inquietudes, y la vocación, compromiso o fatalismo de un compromiso político acrecentado su atentado, dudó mucho entre la política y el refugio en una vida personal tranquila. Para mi que ese dilema no lo ha resuelto todavía completamente.

José Luis Rodríguez Zapatero le ungió, como a muchos otros, sin precisar si tenía rescoldo suficiente. Nada menos que secretario general del Grupo Parlamentario socialista, como recambio de un Ramón Jáuregui, superviviente veterano socialista, todavía en activo, que fue desplazado del puesto al que había sido movilizado desde Brusela.

Dicen que no es simpático con los diputados socialistas; algunos asienten que no tiene empatía ni se molesta en ser amable. Probablemente ejerce de vasco en un universo complejo.

Todo la anterior viene a colación de dos premisas.

Primera, son  absolutamente intolerables las descalificaciones, injurias e insultos que vierten los más despreciables componentes de la extrema derecha mediática española sobre su persona.

Si una víctima de ETA, como otras, ha llevado su tragedia con dignidad, ese es Eduardo Medina. Su pudor con el infortunio le ha aliviado de utilizarlo como reclamo de su carrera política.

Solo algunos sabemos lo que significó para él declarar ante quienes quisieron asesinarle,  en la Audiencia Nacional. Evitó siempre todo protagonismo derivado de su tragedia, que a otros tantos réditos ha dado.

Nunca ha querido tener razón en el tratamiento del terrorismo influido por su propia experiencia. Frente a quienes piensan que las víctimas del terrorismo tienen razón por el hecho de serlo, en las recetas para terminar con él, Madina ha sido sobre todo prudente y generoso, en un universo de jaleadores de las víctimas que coinciden con sus credos o sus  intereses. Y quienes crean que tiene un juicio blando sobre lo que ha significado y todavía significa, no le conocen.

Probablemente le atacan con tanta ruindad porque le temen. Porque es escaparate de dignidad frente al terrorismo sin un ápice de reclamo de venganza.

Segunda razón: es probable que a Eduardo Madina le falte bagaje y experiencia para dirigir el PSOE y ser candidato a la presidencia de Gobierno. Pero en un universo de ausencias, Madina no me parece ni con mucho el peor de los candidatos. Si él da un paso al frente, será sobre todo sinónimo de compromiso, porque cuando yo le traté, y fue bastante, nunca le intuí un residuo de ambición que además hubiera sido legítimo.

No sé que decisión tomará Eduardo Madina; no se si dará preferencia a la vida que le ofrece Paloma y su hijo o la tentación de ser el redentor de este PSOE a la deriva.

En todo caso, al margen de otras consideraciones, Eduardo Madina se merece mucho respeto no solo por su condición llena de dignidad y entereza de víctima de ETA, sino por el compromiso político que ha desempeñado en los momentos más difíciles. Y yo, desde luego, se lo tengo.

Primero de Mayo, sindicatos sin banderas

No hay una ocasión que reúna más motivos para un primero de Mayo de unidad, contundencia masiva y demostración de rechazo a las políticas económicas del Gobierno.

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Sin embargo, hay algunos inconvenientes que podrían superarse, pero requieren un ejercicio de generosidad, sobre todo por parte de los sindicatos.

Los sindicatos son, por su propia naturaleza, instituciones imprescindibles para la vida democrática. Su función básica es facilitar la organización de los trabajadores para la defensa de sus derechos y unificarlos, para dar eficacia a la negociación colectiva.

Como todo poder, sus instrumentos son el uso inteligente de la fuerza pacífica y democrática, como medidas legítimas de presión, frente a la tensión del capital. Son fuerzas contradictorias y confrontadas que necesitan la negociación para regular las relaciones laborables, conciliando intereses contradictorios. Y la búsqueda del equilibrio de lo posible necesita la tensión añadida de  la utopía; requiere dos luces para conducir su actuación: luces cortas para el futuro inmediato y luces largas para el horizonte de un equilibrio democrático también en la distribución de la riqueza.

España está inmersa en una profunda crisis institucional. Sindicatos y partidos sufren una profunda desafección de los ciudadanos: no confían en ellos y creen que su aggiornamiento en un sistema burocrático ha profesionalizado sus funciones. Y la corrupción ha hecho estragos en la confianza de los ciudadanos.

No podemos prescindir de los sindicatos. Estos son nuestros sindicatos. Frente al descontento tenemos la obligación de practicar la crítica. Exigir las catarsis y las renovaciones adecuadas y, en caso de no conseguir su regeneración, crear organizaciones alternativas.

Utilizar el pretexto del descontento con los sindicatos para abstenerse de participar en los reclamos es una profunda estulticia.
Los sindicatos están obligados a facilitar la movilización de los ciudadanos. Para ello, en primer lugar, tienen que dar un paso atrás en su visibilidad como organizaciones. Apostar por la unidad y por los objetivos; no ejercer protagonismo cediéndolo todo a los ciudadanos.

Este debiera ser un primero de mayo de victoria y unidad. Sin banderas ni símbolos de cada sindicato, con pancartas que reflejen la tragedia del paro. Con compromisos con quienes buscan y no tienen trabajo.

Solo haría una excepción con las organizaciones feministas. El feminismo necesita un acto de visibilidad en un momento en el que Alberto Ruiz Gallardón está a punto de consumar un golpe mortal a los derechos de las mujeres con la nueva y restrictiva ley de interrupción del embarazo.

Si hay una consigna única contra el paro; si los sindicatos, en un acto de humildad, pierden visibilidad organizativa; si manifiestan que han entendido el rechazo que sufren de muchos ciudadanos; si dan muestras de su voluntad de regeneración, este primero de mayo puede tener una movilización record para demostrar al gobierno que no tienen controlada la situación y que sus políticas socioeconómicas han fracaso y tienen que rectificar.

Primero de Mayo, sindicatos sin banderas

No hay una ocasión que reúna más motivos para un primero de Mayo de unidad, contundencia masiva y demostración de rechazo a las políticas económicas del Gobierno.

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Sin embargo, hay algunos inconvenientes que podrían superarse, pero requieren un ejercicio de generosidad, sobre todo por parte de los sindicatos.

Los sindicatos son, por su propia naturaleza, instituciones imprescindibles para la vida democrática. Su función básica es facilitar la organización de los trabajadores para la defensa de sus derechos y unificarlos, para dar eficacia a la negociación colectiva.

Como todo poder, sus instrumentos son el uso inteligente de la fuerza pacífica y democrática, como medidas legítimas de presión, frente a la tensión del capital. Son fuerzas contradictorias y confrontadas que necesitan la negociación para regular las relaciones laborables, conciliando intereses contradictorios. Y la búsqueda del equilibrio de lo posible necesita la tensión añadida de  la utopía; requiere dos luces para conducir su actuación: luces cortas para el futuro inmediato y luces largas para el horizonte de un equilibrio democrático también en la distribución de la riqueza.

España está inmersa en una profunda crisis institucional. Sindicatos y partidos sufren una profunda desafección de los ciudadanos: no confían en ellos y creen que su aggiornamiento en un sistema burocrático ha profesionalizado sus funciones. Y la corrupción ha hecho estragos en la confianza de los ciudadanos.

No podemos prescindir de los sindicatos. Estos son nuestros sindicatos. Frente al descontento tenemos la obligación de practicar la crítica. Exigir las catarsis y las renovaciones adecuadas y, en caso de no conseguir su regeneración, crear organizaciones alternativas.

Utilizar el pretexto del descontento con los sindicatos para abstenerse de participar en los reclamos es una profunda estulticia.
Los sindicatos están obligados a facilitar la movilización de los ciudadanos. Para ello, en primer lugar, tienen que dar un paso atrás en su visibilidad como organizaciones. Apostar por la unidad y por los objetivos; no ejercer protagonismo cediéndolo todo a los ciudadanos.

Este debiera ser un primero de mayo de victoria y unidad. Sin banderas ni símbolos de cada sindicato, con pancartas que reflejen la tragedia del paro. Con compromisos con quienes buscan y no tienen trabajo.

Solo haría una excepción con las organizaciones feministas. El feminismo necesita un acto de visibilidad en un momento en el que Alberto Ruiz Gallardón está a punto de consumar un golpe mortal a los derechos de las mujeres con la nueva y restrictiva ley de interrupción del embarazo.

Si hay una consigna única contra el paro; si los sindicatos, en un acto de humildad, pierden visibilidad organizativa; si manifiestan que han entendido el rechazo que sufren de muchos ciudadanos; si dan muestras de su voluntad de regeneración, este primero de mayo puede tener una movilización record para demostrar al gobierno que no tienen controlada la situación y que sus políticas socioeconómicas han fracaso y tienen que rectificar.

Rajoy, el triunfo del beneficio y la incompetencia

La estulticia es un estado mental asentado frecuentemente en los dogmas inamovibles. Es el corolario de la inseguridad como metodología. Europa es un escenario de estulticias recurrentes. Y el dogma es la austeridad. Dogma inamovible contra la evidencia. Los más tontos o los más interesados se agarran al dogma cuando la evidencia se hace insoportable. Pero sobre todo si no perjudica sus intereses de clase o grupo.

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Rajoy es dogmático, tal vez ocasional, porque sus credos coinciden con sus intereses de clase. La crisis es cierta y la salida elegida en forma de dogma tiene unos componentes de oportunidad ideológica. Convertir la crisis en instrumento para cambiar los equilibrios socioeconómicos de la sociedad española tiene una dosis de malicia y egoísmo insoportables. El sufrimiento de la mayoría es oportunidad para la minoría. Y las privatizaciones son la punta de iceberg de esa estrategia de dominación de las conquistas de la izquierda. El siguiente eslabón es la revolución conservadora en la educación, en la sanidad y en cuestiones de derechos fundamentales como la interrupción legal y voluntaria del embarazo.

La rueda de prensa del pasado viernes es la evidencia de la estulticia, el interés y el dogma del Gobierno.

Y el vehículo para intentar hacer inviable el estado de cosas es la manipulación del lenguaje. Luego se distribuyen los argumentarios con el lenguaje impostado entre los periodistas afines y se organiza una campaña que no es de información sino de marketing. Cuela en una parte de la prensa tradicional y todavía las redes carecen de la influencia necesaria. Pero están creciendo poniendo en peligro el pensamiento establecido.

Pero también hay otro componente letal en los comportamientos de Mariano Rajoy y su Gobierno: la mediocridad y la incompetencia. Ni siquiera disimulan con eficacia.

Su factor de sostenimiento es la falta de cohesión de la indignación. Aguantan porque no tienen oposición parlamentaria eficaz, porque los sindicatos están dormidos o acomplejados y porque no es fácil organizar a quienes tienen todos los recelos justificados hacia las organizaciones políticas y sindicales. En la sociedad de las tecnologías la ausencia de liderazgo verdaderamente democrático es letal. Y las protestas todavía no tienen ni organización suficiente ni sincronización ni liderazgo.

La desafección y el rechazo hacia la política y los partidos también juega a favor de la maquinaria electoral del PP. Esperan un golpe de suerte en el 2015 para volver a ganar, porque no hay nada, en un escenario tan desfavorable para el PP, que amenace su mayoría parlamentaria.

No es posible establecer un calendario para la explosión social. Porque el miedo y la falta de vectores democráticos de acción juegan a favor del PP. Pero la sociedad se mueve, a veces sigilosa, por los barrios, los centros de trabajo. Y sobre todo con los mecanismos despiertos de solidaridad en una sociedad que se ha dado cuenta de que el híper consumo no es el estadio ideal. Y que ya no se puede mirar para otro lado porque la pobreza y la desesperación lo envuelve todo.

Más viernes con mentiras impostadas en el lenguaje se sucederán. Pero los mecanismos de la más eficaz de las propagandas no sirven si el producto que se vende es incomestible. Y en esas estamos.

El PSOE, encapsulado en la obsesión por las primarias

Las elecciones primarias en España son un remedo de la técnica de los grandes partidos norteamericanos para elegir sus candidatos a las instituciones. Es una práctica asentada en un sistema de partidos cuyas características no se parecen en nada a las de los españoles.

En Estados Unidos, el candidato y el electo tiene autonomía casi absoluta del partido. Es usual que los congresistas y senadores voten en sentido contrario o dividido en relación a las pospuestas de quien gobierna en las instituciones. Cada candidato tiene su propio staff, su propio sistema de financiación y sus propios intereses. Por definición, ni el candidato ni el electo tienen dependencia orgánica o financiera del partido. Por decirlo en términos directos, el candidato y su equipo están por encima de la organización del partido en el ejercicio de su acción política sin necesidad de ofertar disimulos.

La solución razonable y satisfactoria para ellos es que los ciudadanos inscritos como votantes del partido (sin necesidad de ser militantes tal y como lo entendemos aquí, elijan libre e individualmente al candidato a ocupar un cargo.

En España los partidos son organizaciones teóricamente regidas por la voluntad democráticamente manifestada de sus militantes. Están estructurados y funcionan mediante mecanismos de mayoría vinculante.

Los programas, los líderes y los proyectos se aprueban en congresos y asambleas. Los márgenes de autonomía del elegido debieran ser estrechos porque no responden a una cesión de poder individual sino a un mandato expreso colectivo.

En esas circunstancias, las primarias son una iniciativa tendente a dar una pátina de legitimidad cuando las organizaciones están controladas o tienen secuestrada la voluntad de sus militantes por un sistema de cooptación de intereses. Entonces las primarias son una operación de marketing y de lavado de cara que sustituye y se superpone a los mecanismos que debieran ser democráticos en el partido. En teoría, por mecanismos de representación, votan los mismos militantes que en el congreso dando la oportunidad a sobreponerse a los controles que existen en la organización por mecanismos de cooptación.

Los militantes de Madrid, -por hablar de  un universo de seis millones y medio de ciudadanos-, todos reunidos en el Bernabeu, serían invisibles. Cabrían en una sala terciada de conciertos. Las posibilidades de conexión directa con ellos por las redes sociales serían óptimas si esa fuera la preocupación de los dirigentes.

El PSOE se encoge y quiere dar la sensación de que se dilata. Y la respuesta ha sido instaurar el invento que realizó Joaquín Almunia cuando sintió que estaba huérfano de legitimidad por la unción que hizo sobre él Felipe González.

Lo que el PSOE necesita es una organización potente, flexible, dinámica y participativa sin mecanismos de dominio sobre los militantes gracias a la capacidad de la cúpula de promocionar a los afines.

Entonces no hará falta primarias porque los militantes tendrán mecanismos democráticos y eficaces de elegir a sus líderes.

Las primarias no tienen sentido más que si se incorpora al partido a ciudadanos que quieran estar vinculados con él sin tener un compromiso constante con la organización. Entonces, con un censo amplio y externo a la organización, las primarias podrían ser un sistema perfecto de abrir el partido a las decisiones de la sociedad.

Crisis, aborto y contrarrevolución conservadora

La crisis se ha convertido en oportunidad de una contrarrevolución conservadora que situará al país muy lejos de los parámetros de libertades y derechos que fue conquistando paulatinamente a lo largo de la transición y el primer periodo de democracia estable de España.

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Además de una nueva ley general de educación, elitista y censitaria, el Gobierno ha aprovechado la situación socioeconómica no solo para recortar servicios sino para privatizar una parte importante de  los que  prestaba el estado: educación, sanidad, gestión de infraestructuras, televisiones públicas. Ha convertido la tragedia de una mayoría en negocio de los de siempre. Y ni siquiera han tenido la vergüenza de participar en el botín quienes han promovido las privatizaciones.

Queda un hueso duro de roer. La legislación sobre la interrupción voluntaria del embarazo. Un  asunto que en todos los países de la UE está zanjado desde hace años y goza de una estabilidad legislativa que no entra en la agenda política.

La Iglesia española nunca ha renunciado a imponer una moral oficial católica en la legislación española. Y dos han sido sus principales caballos de batalla. Un sistema educativo con instrucción católica obligatoria y un intento de eliminar o reducir al mínimo el derecho de las mujeres ha decidir sobre su embarazo.

Alberto Ruiz Gallardón, en un ejercicio dialéctico insoportable para la razón, realizó una polémica intervención en el Congreso de los Diputados, en marzo de 2011, en las que aludía a que las mujeres se veían sometidas a  “violencia de género estructural por el mero hecho del embarazo”. Y hablaba de que “muchas mujeres  ven violentado su derecho a ser madres por la presión que ejercen a su alrededor determinadas estructuras”. Pero curiosamente no hacía alusión a la penosa situación económica de muchas mujeres en España como consecuencia de la crisis, en donde podría radicar esa violencia contra la maternidad, sino a la supuesta presión existente para que sometieran a un aborto.

Esta increíble trampa dialéctica  ha estado presente en la agenda del ministro de Justicia y amenaza la redacción del texto definitivo, que está garantizado que restringirá todavía más los supuestos contemplados para poder acceder a una interrupción del embarazo legal.

En las encuestas se demuestra que las intenciones del ministro están lejos del sentir mayoritario de la población. Y, además, el sentido común garantiza que una nueva ley restrictiva en un momento en que muchísimas mujeres españolas están siendo afectadas gravemente por la crisis, volverá a crear un escenario en el que las mujeres que gocen de recursos económicos volverán a  desplazarse al extranjero para interrumpir su embarazo y muchas se verán arrojadas de nuevo a la clandestinidad.

En plena oleada de escándalos de corrupción, con los partidos tradicionales excluidos de la credibilidad de los ciudadanos, habrá que ver la influencia real de la Iglesia Católica en esta contrarreforma, la capacidad de movilización del feminismo dentro de la izquierda española y la supervivencia de una democracia moderna y representativa en esta España gobernada con tentación involucionista.

Democracia sin partidos

Hay un agujero negro en la actual crisis que succiona a los partidos tradicionales. Las encuestas son tozudas: cae el PP y se estanca el PSOE. El concepto acuñado es desafección. Tiene una explicación lógica. El PP ha incumplido su programa electoral hasta realizar el proyecto inverso que prometió. Incluso ha teorizado sobre ello.

Mariano Rajoy explicó que “no ha cumplido sus promesas porque ha cumplido su deber”. Difícil razonamiento; imposible de entender. Aludir a la herencia recibida no justifica el incumplimiento electoral porque tenía información de cómo estaban las cosas cuando concurrió a las elecciones.

El corolario del PSOE no es menos dramático. El rostro de Rubalcaba recuerda cada día que ahora exige lo que no realizó. Otra forma de incumplimiento retroactivo. En ese estancamiento se diluye la confianza de los electores ciudadanos. No saben a quien votarán. Aunque todavía falte mucho para la primera cita, que serán las elecciones europeas, la paradoja se acentúa porque es casi metafísicamente imposible que esa pérdida de votos y de confianza la absorban los partidos menores. (…)

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Caballo ganador o refundación del PSOE

He hablado con distintos militantes cualificados del PSOE en los últimos días; muchos nervios con la tozudez de las encuestas y con la falta de visibilidad del PSOE como alternativa. La receta de que el tiempo lo cura todo se pone en cuestión. Alfredo Pérez Rubalcaba lleva su pasado inmediato impreso en la frente. No tiene crédito para ejercer con eficacia el liderazgo de la oposición. Se le ve a él y se le recuerda en compañía de Zapatero. Un estigma imposible de borrar.

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Pero quizá esto, con ser grave, no es lo peor que le pasa al PSOE. El problema es que el PSOE ha dejado de ser un partido con decisión para conectar y liderar a la sociedad. Ahora solo aspira a tener condiciones para volver a ocupar el poder.

Desde año muchos años, el PSOE no es un partido de masas en la acepción técnica del concepto. Su vocación es el poder y no la sociedad. Sus militantes no tienen mecanismos de participación y liderazgo social al margen de la presencia de sus representantes en las instituciones. Su desconexión con la calle ha propiciado un aggiornamiento sin revisar radicalmente su tecnología política, su organización, su proyecto y su programa. Un partido de izquierda, tiene, por definición, que organizar, propiciar e impulsar el trabajo político de sus militantes en la sociedad.

Si se convierte en una mera maquinaria de propaganda y de asalto al poder con la labor mediática de sus cuadros, se convierte en un partido de cuadros, característica típica de los partidos conservadores. Cada militante tiene que tener asignado un trabajo político en la sociedad en función de su dedicación profesional y sus capacidades.

El proyecto del PSOE está caduco. Ahora propicia muchas cosas que no fue capaz de ejecutar en ocho años en el Gobierno. La trampa de la socialdemocracia ha sido jugar en el terreno de juego del capitalismo. Descalzos en el fango contra un neoliberalismo acomodado con botas de clavos. Cesiones para conquistar la adhesión de una clase media que se está destruyendo precisamente por no haber impulsado medidas de transformación socioeconómica de la sociedad. Demasiada preocupación por conseguir la comprensión de los poderosos.

El PSOE no tiene mucha gente que confíe en él porque sus respuestas carecen de una radicalidad transformadora.

El liderazgo es importante si hay un proyecto consolidado claro y una militancia organizada. Los bueyes han sido útiles en la agricultura. Si no tienen los arreos adecuados y la asignación clara de objetivos de cultivo no sirven más que para el consumo humano.

El PSOE se ha acostumbrado a buscar un caballo ganador, en acepción también establecida por José Luis Rodríguez Zapatero. Si hay un líder potencial pero no hay proyecto ni organización conjuntada y eficaz, el caballo ganador no podrá ganar la carrera. Se llame Madina, Patxi López o el más brillante de los caballos de carreras.

Cospedal, rompeolas del PP

Ante el encapsulamiento  de Mariano Rajoy en un plasma, la alternativa para no perder toda la presencia pública del PP y del Gobierno ha sido la de constituir a María Dolores de Cospedal en rompeolas.

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Cospedal no elude la confrontación; podría decirse que disfruta de ella. Y tiene esa cualidad que adorna a algunos líderes de la derecha de no estar sometida las normas de la dialéctica ni a la coherencia de sus argumentos. Dispara con artillería pesada sin calcular el ángulo de tiro y los daños colaterales.

En los últimos días ha demostrado que la hipérbole es munición de su agrado. Comparar a los pacíficos manifestantes de los escraches con el nazismo es una de las mayores barbaridades pronunciadas en el universo de la política. Con esa afirmación ha ofendido a todo el mundo. Para empezar a los judíos que sufrieron agresiones progresivas hasta conducirles al exterminio. Desde luego a los manifestantes; pero sobre todo al sentido común.

En España no se pasa factura, al menos inmediata, por este tipo de barbaridades. El líder máximo consiente y demuestra que Cospedal es una killer mediática por encargo. El se esconde en La Moncloa y Cospedal dispara a todo el que se mueve.

Otra perla reciente: “nuestros votantes dejan de comer antes de dejar de pagar la hipoteca”. Curiosa declaración. Los votantes del PP deben ser seres sin necesidades biológicas que tienen suficiente alimento con pertenecer al partido. No creo que Luis Bárcenas sea el ejemplo al que se refiere Cospedal.

España tiene una atmósfera espesa. El miedo reduce el oxigeno de la protesta, pero toda situación tiene un límite en la desesperación absoluta. Provocar al adversario es una técnica que no necesita finezza; pero hay ofensas que dejan tanta huella que se convierten en irreversibles.

Cospedal está blindada con dos sueldos, una vida confortable y el apoyo de su partido. Pero nadie está lo suficientemente protegido contra los despropósitos. Cospedal ha saltado talanqueras que no tienen retorno.

El PP ha tenido bravucones importantes. Me acuerdo de Luis Ramallo. La mayoría no llegan a viejos en la política. Llega un momento que son incómodos hasta para los suyos.

Cospedal, rompeolas del PP

Ante el encapsulamiento  de Mariano Rajoy en un plasma, la alternativa para no perder toda la presencia pública del PP y del Gobierno ha sido la de constituir a María Dolores de Cospedal en rompeolas.

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Cospedal no elude la confrontación; podría decirse que disfruta de ella. Y tiene esa cualidad que adorna a algunos líderes de la derecha de no estar sometida las normas de la dialéctica ni a la coherencia de sus argumentos. Dispara con artillería pesada sin calcular el ángulo de tiro y los daños colaterales.

En los últimos días ha demostrado que la hipérbole es munición de su agrado. Comparar a los pacíficos manifestantes de los escraches con el nazismo es una de las mayores barbaridades pronunciadas en el universo de la política. Con esa afirmación ha ofendido a todo el mundo. Para empezar a los judíos que sufrieron agresiones progresivas hasta conducirles al exterminio. Desde luego a los manifestantes; pero sobre todo al sentido común.

En España no se pasa factura, al menos inmediata, por este tipo de barbaridades. El líder máximo consiente y demuestra que Cospedal es una killer mediática por encargo. El se esconde en La Moncloa y Cospedal dispara a todo el que se mueve.

Otra perla reciente: “nuestros votantes dejan de comer antes de dejar de pagar la hipoteca”. Curiosa declaración. Los votantes del PP deben ser seres sin necesidades biológicas que tienen suficiente alimento con pertenecer al partido. No creo que Luis Bárcenas sea el ejemplo al que se refiere Cospedal.

España tiene una atmósfera espesa. El miedo reduce el oxigeno de la protesta, pero toda situación tiene un límite en la desesperación absoluta. Provocar al adversario es una técnica que no necesita finezza; pero hay ofensas que dejan tanta huella que se convierten en irreversibles.

Cospedal está blindada con dos sueldos, una vida confortable y el apoyo de su partido. Pero nadie está lo suficientemente protegido contra los despropósitos. Cospedal ha saltado talanqueras que no tienen retorno.

El PP ha tenido bravucones importantes. Me acuerdo de Luis Ramallo. La mayoría no llegan a viejos en la política. Llega un momento que son incómodos hasta para los suyos.