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¿Debería el Príncipe Felipe trabajar en un Starbucks?

En la tertulia del programa 72 de El Mundo Today, José Luis Salaz y Francesc Orteu se preguntan si sería conveniente que el Príncipe Felipe sirviera cafés en un Starbucks:
El suicidio imparable de las instituciones
Las palabras, que tratan de reflejar la profundidad de la crisis, se descontextualizan por su uso reiterado sin efectos terapéuticos. Pierden sentido porque cuando revelan tragedias y urgencias, en la política española, ninguno de los afectados recurre a la catarsis.
La democracia española está desnaturalizada y ha perdido la virtualidad de permitir una sociedad transitable. Las encuestas son tozudas e indiscutibles. Se han roto los nexos de unión de la mayoría de los ciudadanos sus representantes y las instituciones.
Es casi imposible encontrar una institución en la que confíen los ciudadanos. La lista sería interminable, pero desde luego no se salvan ni los partidos, ni los sindicatos, ni los organismos reguladores de la vida económica, ni las organizaciones empresariales. Y tampoco la Monarquía. Este barco que es España, tiene tantas vías de agua que no admite recomposiciones; no sería exagerado hablar de una refundación como país.
La pasividad de los responsables de esta situación indican claramente que les falta coraje porque entienden que, desde la comodidad aparente de su situación actual, los cambios imprescindibles reducirían sus privilegios. Sencillamente no están por la labor.
La Monarquía es la última institución que ha entrado en la trituradora social. Siempre estuvo sujeta por alfileres, anclada en la creencia de que había sido una herramienta útil de la transición. Fue implantada con fórceps, como solución de un tránsito de la dictadura, en la que la figura del entonces príncipe había estado comprometida, a la democracia posible. Entonces, el riesgo de involución, la insoportable realidad del terrorismo y el poder que tenían todavía los militares del franquismo, nos empujó a los brazos de una corona reinventada. Ese idilio forzado por la tozudez de los hechos, se ha roto.
No hay entusiasmo republicano y hay desafección monárquica. La Constitución tiene las costuras rotas por la falta de consenso de la conceptualización de España y por la incapacidad de dar respuesta práctica a las demandas imprescindibles de los ciudadanos.
La única solución para evitar el caos es una refundación de la democracia española que parta de un nuevo proyecto constituyente. El problema es que el tiempo es limitado y mañana puede ser demasiado tarde.
A propósito de la Corona. (II) El Rey, de solución a problema
Los últimos estudios demoscópicos han saltado las alarmas. La monarquía está a punto de caducar. No hay confianza en la Corona y los jóvenes marcan algo más que distancias. Y esto ocurre no porque haya un movimiento republicano consolidado, sino porque la erosión de la Corona, al amparo de escándalos continuados, ha introducido termitas en sus pilares. Los ciudadanos, muchos de ellos, creen que ya no es una institución útil como sedimento de la vida democrática. Y una monarquía reinventada que se había construido a la imagen y semejanza del Rey Juan Carlos ha visto este espejo hecho añicos.
El deterioro alcanza a todas las instituciones de la vida pública, en especial a los partidos políticos y a los sindicatos. La novedad es que ahora ese distanciamiento en el aprecio de los ciudadanos se ha extendido a la Monarquía. Hecho inédito en la transición española.
La Corona ha estado blindada a la transparencia y se estableció un pacto tácito general de que había que salvar a la institución de la trituradora en la que se ha ido convirtiendo la vida pública. La confluencia de la profunda crisis económica con las medidas antidemocráticas para salir de ella han hecho que los ciudadanos no estén dispuestos a pasar por alto los fallos de la Corona. Y los últimos episodios de corrupción han desbordado el vaso con la imputación, pendiente de recurso, de la infanta Cristina, hija del Rey, y casada con Iñaki Urdangarín procesado por delitos económicos muy graves.
No hay entusiasmo republicano pero hay desafección a la Monarquía. Otro callejón sin aparente salida.
Los principales dirigentes políticos no ocultan su preocupación y se manifiestan, más en privado que en público, partidarios de una serie de reformas en la institución para tratar de salvarla.
Las medidas que se proponen, muchas de ellas a sotto voce, van de una inmediata abdicación del Rey en su hijo Felipe a la renuncia en la línea de sucesión monárquica de la infanta Cristina y su descendencia.
La inclusión de la Corona en la ley de Transparencia parece ya ineludible; y la Casa Real trata de establecer algunas limitaciones como bastión de defensa de la opacidad que ha gozado hasta ahora la Corona.
Sería vano intento establecer que la monarquía es la única reforma imprescindible para recuperar la confianza de los ciudadanos en las instituciones democráticas.
La reforma Constitucional que revise las instituciones para permitir su vigencia exige abrir en canal el funcionamiento de nuestra democracia. Desde la ley electoral hasta los controles y los castigos de la corrupción. Pero ninguno de los dos grades partidos se dan por aludidos de la brutal desafección que parece.
Sería mejor que los actuales regidores de las instituciones tomaran la iniciativa para los profundos cambios que se necesitan. Porque si no, la marea de la indignación y el descontento se los puede llevar por delante en primera instancia.
A propósito de la Corona (I) El yogurt ya no caduca; la monarquía, no estoy seguro
Nadie se ha molestado en desactivar las bombas de relojería que ha generado el sistema político español a través de los años. Y el temporizador, llegada la hora señalada, activa la espoleta. Y en ese momento, los biempensantes reclaman a la ciudadanía la responsabilidad que no han tenido sus dirigentes. Nos piden, a los que escribimos, que no escuchemos la explosión y que procuremos mirar a otro lado para ver si la bomba no se carga la institución solo porque se diga menos que ha explotado.
Ya empiezan a decirnos: “no podemos permitirnos el lujo de hacer saltar por los aires la monarquía, que es pieza angular del sistema”.
Empecemos a precisar. Quién está dinamitando la institución que dicen que sostiene al sistema es, en primer lugar, el Rey y su familia. Bueno, tal vez podamos ayudar, pidiendo que la transparencia se introduzca en la Casa Real. Averiguando quién es Corinne y porque le hemos pagado los garbanzos. Y cuanto se ha llevado por las gestiones que se le han encargado. Pero no podemos ayudar colaborando en quitar importancia a unos hechos que son en sí mismos, letales.
Si gestionan bien su desgracia, los miembros de la Casa Real, sus amigos y quienes les sostienen, tal vez puedan salvar la Corona. Y el único procedimiento sería conquistar la confianza de los ciudadanos. Un cambio demasiado radical para que parezca posible.
No es fácil; no es solo marketing de magos de la comunicación. Es dar un paso al frente y demostrar que la monarquía puede servir no a los poderosos sino, sobre todo, a los más débiles. ¡Parece una iniciativa imposible! Sería como el regreso de Ricardo Corazón de León para que pactara con Robin Hood. Tampoco queda claro en la historia y en la leyenda si esa alianza duró más que para un saludo.
Estábamos acostumbrados a verlos, al Rey y a sus hijos, de regatas, en fiestas, en bodas reales. Cazando elefantes a escondidas. Estábamos acostumbrados a no preguntar por qué los empresarios de Baleares, cuando tenían plata, le regalaban al Rey de España un yate de lujo para sustituir el que le habían regalado los amigos árabes de Juan Carlos, que se había quedado obsoleto. Ahora todo eso es ya imposible.
Dicen que dijo Sabino Fernández Campos, el servidor más listo y sincero que ha tenido el Rey de España, que en esa casa, en La Zarzuela, daba la impresión que no trabajaba ni dios; que estaban todo el día esquiando, de regatas y de compras. De eso, ya hace unos años. Ahora las cosas ya son distintas, por los menos en las formas, pero igual es un poco tarde. Como han saltado las alarmas, el príncipe Felipe se ha decidido a pasear por La Latina. Y el pasado verano la consigna fue “vacaciones de botijo”.
La explosión no se ha producido solo por la imputación de la Infanta Cristina, sino que, por simpatía y contagio, el estallido se puede extender a la institución misma de la Monarquía. La sombra de Corinne también es alargada. Y el Rey de baja por enfermedad.
El goteo indignante de las andanzas de Iñaki Urdangarín, yerno del Rey, ha hecho rebosar el vaso. Y el juez, que parece que no se casa más que con su criterio, ha tenido que hacer lo inevitable. Poner en primer plano judicial el hecho ineludible de que la infanta cristina, al contrario de lo que pretende Ana Mato, que no veía el jaguar de su marido, tenía que participar en los manejos de Iñaki Urdangarín, porque para eso estaba sentada en el consejo de administración de sus empresas.
Y todo esto ocurre mientras observamos al delfín de Mariano Rajoy compartiendo, Alfredo Núñez Feijó, también en yate, -¡qué manías de nuevos ricos!-, con uno de los más reputados narcotraficantes gallegos. Mientras los ex altos cargos que se han encargado de privatizar la sanidad madrileña se ponen al frente de los negocios que han generado. Mientras Bárcenas es una caja de sorpresas para todo el mundo, menos para Rajoy. Y mientras el presidente del Gobierno se esconde en su propia televisión para lanzar proclamas en las que no cree nadie y se blinda de cualquier contacto directo con los periodistas y los ciudadanos.
¿Hay alguna mezcla más explosiva que todo esto para dinamitar un sistema político que ya no sirve y que los ciudadanos no reconocen?
Continuará.
La infanta Elena pide que la imputen como a su hermana
Tras saberse esta misma mañana que el juez José Castro, instructor del caso Nóos, ha citado como imputada a la infanta Cristina, la hermana de ésta no ha tardado en reaccionar pidiendo un trato igualitario.
“Si la justicia es igual para todos, que no me excluyan”, ha dicho
La infanta Elena lamenta haber sido apartada gradualmente del núcleo central de la Familia Real y exige “tomar parte activa en momentos tan difíciles”. Por este motivo, considera que ella también debe ser imputada “porque lo que yo pueda opinar, como persona cercana al caso, tiene tanta relevancia como lo que vaya a decir mi hermana, puesto que ambas somos hijas de los Reyes de España, y yo la primogénita”.
En su comunicado, difundido hace escasos minutos, la infanta recalca que “no es una cuestión de celos entre hermanas sino de respeto al título que ostento y a lo que mi persona puede y debe aportar a la justicia de este país. Y también porque me hace ilusión declarar”. También añade que “si la justicia es igual para todos, entonces es igual también para mi hermana Cristina y para mí”.
El entorno de la Casa Real ha querido quitar hierro al asunto, pese a que el arrebato de Elena de Borbón ha sido interpretado como el fruto de “un inoportuno e impulsivo afán de protagonismo” que, además, “demuestra su nulo conocimiento del funcionamiento de la justicia y de lo que supondría para su persona verse implicada en el caso Nóos”, admiten desde la Casa del Rey.
Todo parece indicar que el propio rey don Juan Carlos hablará personalmente con su hija mayor para disuadirla y hacerle entender que la imputación de la infanta Cristina no es un reconocimiento a su persona sino todo lo contrario.
El desbordamiento: saltarán las costuras por la indignación
El idioma español es muy rico en sinónimos, analogías, adagios, refranes, sentencias e incluso, en hipérboles. Este muestrario de posibilidades para dar grafismo a lo que es evidente e indiscutido y, además, intolerable, permite un gran patrimonio literario en los asertos sobre la indignación de la vida colectiva.
Para describir una situación insostenible que anuncia graves repercusiones -en ocasiones sociales y políticas- existen muchas expresiones. “Saltar la olla” (por excesiva presión); “romperse las costuras”, por desbordamiento del contenido, “ponerle la tapa al pomo o frasco” (expresión latinoamericana y especialmente cubana) y “la gota que colmó (y desbordó el vaso derramando su contenido) son una demostración de que los españoles tienen capacidad de definir lo que ya no es soportable.
La olla de la vida política española está cargada de indignación y la temperatura hace rato que ha promovido la ebullición. Hay algunas válvulas de seguridad que han impedido, hasta ahora, la explosión de la caldera. Pero ésta ya no admite más presión: el paso siguiente será un estallido social de consecuencias inciertas.
Las válvulas de seguridad han sido varias. En primer lugar, el miedo a perderlo todo por quienes todavía tienen algo. El miedo es una niebla espesa que impide muchos legítimos reclamos y cobija a gentes agotadas en sus casas, incluso pasando hambre. Pero además, al amparo del cinismo de Rajoy, al determinar que “no ha cumplido sus promesas, pero ha cumplido con su deber” (blindado con la mayoría absoluta), ha incrementado el desánimo de que las cosas no pueden cambiar. Resignación, cristiana o no, pero solo hasta que el agua llega al cuello y la siguiente gota evidencie el ahogamiento de las víctimas.
También han sido válvula de seguridad, para que la olla no estalle, la inoperancia, dejadez o falta de compromiso del principal partido de la oposición. Y de los sindicatos.
Rubalcaba ha sido siempre, sobre todo, un bienpensante. Esa especie del género humano que tienen pánico a traspasar aquello que las clases establecidas consideran límites infranqueables en cualquier circunstancia, incluso en las más extremas. Pero quienes abominan de cualquier algarada, justifican el 2 de Mayo, porque la actitud del invasor traspasó todos los límites.
Rubalcaba no dice ni mu de los escándalos en la Casa Real, no adhiere a su partido a casi ninguna manifestación, por legítima y razonada que pueda ser. Tiene pánico a verse involucrado con alguien que pueda promover el mínimo altercado. El filtro de lo respetable, lo determinan, entre otros, los editoriales de El País. Tengo mi propia opinión de la deriva del periódico que fiscaliza Juan Luis Cebrían y los bancos acreedores de un dinero que PRISA nunca podrá pagar. Rubalcaba está obsesionado con lo políticamente correcto, que le impide ver a los policías aporreando a pacíficos ciudadanos. O indignarse porque Corinne viva a cuenta de los presupuestos del estado.
Rubalcaba se muere antes de rozar una crónica de sucesos. Nunca hará nada que suponga un riesgo electoral de unos comicios que no ganará nunca, precisamente por estar abrasado por su condición de bienpensante. Ya es imposible tener ese comportamiento pequeño burgués de no rozar lo inadmisible, porque la destrucción del estado del bienestar y de la esencia misma de la democracia empieza a convocar respuestas contundentes. Y estás, como los ríos cuando crecen, encontrarán su cauce al margen de una canalización política que ya no tiene legitimidad y que no es reconocida por los ciudadanos.
Si se sigue echando leña a la hoguera; si no se reducen los líquidos de la olla, si se añaden más elementos a los fondos que están ya desbordados, saltarán las costuras, explotarán los recipientes, por muy sellados que se consideren, se desbordarán los vasos con las últimas gotas que ya son cataratas. Y la marea se va a llevar por delante a todos los que han pretendido, desde una falsa progresía, ser equidistantes.
PD: Me han faltado líneas para comentar las fotos de Alfredo Núñez Feijo compartiendo yate con su amigo narcotraficante. Tampoco he podido glosar que otro consejero de sanidad, un tal Lamela, el apóstol contra la sedición de los terminales, también se va a la Sanidad Privada que ellos están arrancando de la sanidad pública y universal que era el orgullo de los ciudadanos. Tiempo habrá. Por esto y mucho más van a estallar las calderas sin remedio.
Elecciones italianas; en España siempre nos quedará Torrente
Deconstruir un sistema de partidos sin convocar un recambio sostenible conduce al esperpento; no podemos olvidar que es un género literario que deforma la realidad y exalta lo grotesco. En Italia acaban de reafirmar su entusiasmo por esta modalidad literaria en la que tan maestro era Valle Inclán. Solo que se les ha olvidado que la vida no es solo literatura.
El asunto viene de lejos. Con la caída del Muro de Berlín se pusieron en marcha mecanismos de destrucción de los partidos de izquierda y centro izquierda Europeos. La coartada, que era cierta, fue la corrupción. Desapareció el PSI, pilar de la restauración democrática italiana, hasta el punto de que Betino Craxi acabó sus días en el exilio de Túnez. La marea alcanzó al Partido Comunista Italiano (PCI) de Enrico Berlinguer, otro pilar de la democracia italiana de la postguerra. Los mismos intentaron acabar con el prestigio de Mitterrand y dinamitaron las columnas de La Moncloa de Felipe González.
Veinte años después de aquel ejercicio de Mani Pulite, Italia es un erial político sin partidos que estructuren una sociedad política con mecanismos complejos de estabilidad. Acabar con lo que existe es un simple mecanismo de demolición; construir estructuras de recambio no es fácil porque los edificios políticos sólidos requieren del reposo del tiempo.
Un sinvergüenza, Berlusconi, y un cómico que responde al nombre de Beppe Grillo, son los herederos impostados de la finezza política italiana. Y ahora, la ingobernabilidad es la respuesta a otra impostura: la de un tecnócrata como candidato de la señora Mérkel.
Si el esperpento italiano está cimentado en el descrédito de la política, en España no falta material de construcción y seguro que hay ingenieros solapados. De momento, a la cabeza de la deconstrucción de la política desde las instituciones se ha situado Rosa Diez con su proyecto personal de UPyD. Populismo en estado puro. Machismo de conveniencia. Recoge los rescoldos inservibles del PP y los amasa según los ecos del momento. Y no va mal en las encuestas.
No falta casi de nada. El expresidente de la CEOE está en la cárcel y el actual número dos presume de que no paga la seguridad social. Urdangarín y Corinna se encargan de la demolición de la Monarquía. Y #Bárcenas retrata la honestidad del PP.
La indignación generalizada promueve el rechazo a los partidos convencionales se desmoronan . El bipartidismo imperfecto genera una fusión PPPSOE que hace las delicias de las redes sociales. Y el PSOE no quiere encontrar el camino de la regeneración. Ni siquiera forma un dueto con sus hermanos del PSC que quieres ser españoles rompiendo con España.
Los ingredientes para el coctel están servidos. Y la historia enseña que ver las patas al lobo no convoca a guardar el ganado.
El grito generalizado contra los partidos y los políticos está instalado en el ambiente. No sin motivos. La indignación en las calles es observada con una mezcla de temor y desdén desde los despachos de Ferraz; el PSOE no está acostumbrado a respetar lo que no controla. Y ya casi no controla ni a los suyos.
Bueno, seguiremos pendientes de que Izquierda Unida madure; de que los sindicatos quieran ser autónomos del poder y de que los socialistas pasen la aspiradora. Pero mientras tanto, la atracción del abismo italiano y de dejar que el terremoto se lleve todo por delante, seguirá creciendo en España. Y ni siquiera vive Toni Leblanc para tener un humorista de cabecera. Un buen aspirante al poder puede ser José Ignacio Wert, maestro del esperpento. ¿Tal vez la alternativa razonable sea Torrente?










