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ETA no tiene quien le tema
El tiempo -y no ha hecho falta demasiado- ha demostrado que todo el poder y la influencia de la organización terrorista ETA residía en la capacidad de hacer creíble sus amenazas. ETA tenía una existencia vicaria en sus armas activas; ahora no tiene quien le tema. No existe.
La cadencia histriónica de los comunicados de ETA no produce miedo porque se han constatado dos hechos fundamentales. Primero, ETA dejó de matar porque no tenía capacidad para hacerlo. No lo hizo ni por razones humanitarias ni estratégicas. Perdió su última oportunidad de conseguir algo, lo que le hubiera dado Zapatero, con el atentado de la T 4. Los golpes policiales, las infiltraciones y la cooperación de Francia con España le dieron tantos leñazos que ni siquiera tenía tiempo de reorganizarse. Segundo, el tiempo histórico de los terroristas occidentales ha pasado. La vacuna fue la caída de la torres gemelas. Los filtros en Estados Unidos y en Europa han sido tan eficaces que la única preocupación de los servicios de inteligencia son los intricados feudos del terrorismo islamista.
ETA convoca una y otra vez a una mesa de póker en la que ninguna institución quiere sentarse. Su invento de unos “mediadores internacionales” no ha encontrado comprador. Su pretensión de negociar las condiciones de su disolución no reciben más apoyo que el de Jesús Eguiguren que está tan amortizado como la propia banda terrorista.
ETA se mueve entre las bravatas y amenazas en tono menor y la petición de la caridad para que alguien le haga caso. En esto también los silencios de Mariano Rajoy están funcionando.
ETA está tan devaluada que ni siquiera le sirve para nada al Partido Nacionalista Vasco. Su hegemonía política se la disputa EH Bildu. Y a esta organización política le vendría muy bien un final “honorable” de ETA. No va a suceder.
ETA no piensa en términos humanitarios de sus presos. ¿Por qué habría de hacerlo el resto de la sociedad si a la organización no le interesa?
El tiempo es un bálsamo tranquilo excepto para los familiares de las víctimas. Para el resto de la sociedad, acuciada por la crisis económica, el terrorismo es poco más de un sueño que se pierde en la memoria. Y los sueños pueden ser pesadillas, pero no movilizan a nadie, por la simple razón de que ETA no encuentra quien le tema.
Carta sincera (y cariñosa) al compañero Rubalcaba. (II) El partido, secuestrado, dejó de ser “propiedad” de los militantes
Me gustaría continuar esta carta por entregas hablando del partido. Del PSOE.
Sigo muy de cerca la trayectoria del PSOE desde antes del Congreso de Suresnes. Tuve mucho contacto con dirigentes históricos y entonces jóvenes. Yo vivía en Euskadi en el principio de los años setenta, plena dictadura y estados de excepción.
Enrique Múgica, Txiki Benegas, Ramón Jáuregui, José Antonio Maturana eran compañeros de la lucha antifranquista con los que tuve entonces –y tengo hoy- magníficas relaciones. Incluso había complicidad entre nosotros. Creo que el PSOE ha sido muy injusto con Enrique Múgica. Su labor de captación y organización del socialismo vasco fue enorme. Fue un puntal en el “Pacto del Betis” que ensambló la tradición del socialismo vasco con la renovación del andaluz.
Varias veces fui a Madrid en el coche de Txiki para aprovechar el viaje y compartir los gastos de gasolina. Él iba a reunirse con la ejecutiva de su partido y yo con la del mío. Compartíamos habitación en una modesta pensión de la Gran Vía, muy cerca de la calle Jacometrezo, donde el empresario Enrique Sarasola había habilitado una sede para que el joven partido que lideraba Felipe González, “Isidoro”, pudiera trabajar en la clandestinidad.
Entonces los partidos de izquierda teníamos mucha connivencia que se soportaba, además, en la amistad personal de muchos. Creíamos que la unidad de acción era fundamental para terminar con el franquismo. Enrique Múgica representaba al PSOE en los organismos de coordinación democrática.
Recuerdo un viaje a Éibar desde San Sebastián, en el coche del padre de Txiki, en el que éste se avino a llevar una multicopista que yo había sustraído o nacionalizado en la Universidad de Navarra. Espero que este “delito” de la época del franquismo esté ya prescrito. Pasamos controles de la Guardia Civil sin que revisaran el automóvil con aspecto de honorable Seat mil quinientos del padre de Txiki, un veterano demócrata nacionalista vasco, exilado al final de la Guerra a Venezuela. Sudor frió. Estado de excepción.
Estas pequeñas reseñas biográficas compartidas con compañeros que siguen siendo tuyos, solo pretenden situar en su contexto mi cercanía con el PSOE desde aquellos tiempos fundacionales.
Después de las elecciones de 1982 me invitaron a afiliarme al partido y me hablaron de la posibilidad de una importante responsabilidad institucional. Pero entonces yo ya había decidido hacerme periodista y decliné la oferta de ocupar un cargo. Decidí trasladar mi compromiso político al periodismo. Y sencillamente, me hice periodista.
El partido ha cambiado mucho; no solo como consecuencia del tiempo transcurrido, sino por un profundo cambio conceptual. Lo digo sin nostalgia, porque el modelo de partido necesitaba transformaciones, pero creo que muchas han sido en la dirección equivocada.
Creo que el primer giro se produjo a raíz de la ruptura ocurrida en la relación política y personal entre Felipe González y Alfonso Guerra. El detonante fue la eclosión de Miguel Boyer y su cercanía con el presidente del Gobierno que era Felipe González.
La llamada “Beautiful People” estableció la primera conexión entre el socialismo español con sectores liberales que consiguieron un giro en la estrategia socialista y un acercamiento a un pensamiento que asumía muchas de las posiciones clásicas del capitalismo. Al calor de Miguel Boyer, y también de Carlos Solchaga, arribaron técnicos economistas que se hicieron fuertes en la cercanía de Felipe González. Petra Mateos, Guillermo de la Dehesa y Mariano Rubio formaron parte de aquel núcleo duro de economistas y técnicos de este nuevo socialismo. El partido comenzó a eclipsarse.
Entonces todavía no había caído el Muro de Berlín pero los planteamientos de la izquierda económica democrática empezaban a estar mal vistos en aquellos primeros años en que el socialismo español asumió el Gobierno de España. La ética de la responsabilidad y el compromiso se vio contaminada de la ética de la oportunidad. Empezó a tomar carta de naturaleza el “no nos queda más remedio”.
La ruptura entre Felipe y Alfonso tuvo serias consecuencias para el partido. Tú, Alfredo, que no viviste Suresnes desde dentro ni el congreso extraordinario donde se abandonó el marxismo como ideología del PSOE, acababas de llegar y te instalaste en el equipo del Ministro de Educación, José María Maravall. Un teórico del socialismo español y un intelectual respetable.
Se tejieron los mimbres de los “renovadores” en donde te integraste, como telón de fondo de la lucha contra el “guerrismo”, que al margen de otras consideraciones lo era contra la concepción clásica socialista de “partido de masas”. Se produjo un reforzamiento de las élites y debilitamiento del control de la militancia. Madrid es un claro ejemplo de las consecuencias dramáticas de aquella estrategia de renovación, aunque el “guerrismo” madrileño dejaba mucho que desear.
En la concepción clásica del PSOE, la organización del partido se adaptaba al concepto de “partido de masas” en contraposición a las prácticas conservadoras de “partidos de cuadros”. En estos, el poder sobre la organización lo delegan los militantes en los cuadros elegidos y dejan de tener control sobre su gestión, al margen de pequeñas formalidades estatutarias. Los partidos de cuadros se han adaptado siempre a las normas rígidas de la democracia formal. Los militantes se limitan a elegir formalmente a los cuadros y estos tienen domeñada la organización del Partido. Vosotros optasteis, entonces, por asumir la tecnología clásica de un partido de cuadros. En el fondo os librasteis del que considerabais agotador sistema de tener que consultar y consensuar con las bases las decisiones importantes.
El PSOE, hasta ese momento, con sus limitaciones, era un partido vivo, tenía una existencia propia como organización y no dependía ni se subordinaba a las decisiones de los dirigentes radicados en las instituciones públicas. Los “profesionales de la política” no tenían el poder absoluto sobre las líneas marcadas por el partido. Los militantes tenían una cierta capacidad efectiva de control sobre las líneas políticas también en las instituciones.
Muchos de quienes estén leyendo estas líneas tal vez se estén aburriendo con estas digresiones. Creo que hay que ir al origen de la actual situación del partido para analizar y poder emitir un diagnóstico.
La desaparición de Alfonso Guerra de la cercanía del secretario general y presidente de Gobierno tuvo muchas consecuencias para el partido. A Felipe le gustó siempre la “Política” con mayúsculas. Él no era un hombre de “aparato” y esa labor, desde Suresnes, siempre estuvo delegada en Alfonso Guerra. Felipe era el estadista y Alfonso Guerra el hombre de partido; la desaparición de este binomio fue nefasta para el futuro y tuvo su desenlace en la época de Zapatero. Para éste, el Partido era solo una marca. Se rodeó de personas “fieles” y abolió el debate interno con la consideración de que la ocupación del poder era todo lo que le hacía falta al socialismo español.El partido perdió autonomía, poder e influencia sobre las instituciones y quedó relegado a las decisiones que se tomaban en Moncloa. Nacieron las taifas autonómicas en las que cada secretario del partido, muchos de ellos presidentes de su comunidad, ejercían el poder con el partido como acompañante de viaje.
El partido dejó de tener una vida propia efectiva y empezó a languidecer, dejando a muchos militantes reducidos a pegar carteles en las campañas electorales. La política se redujo al ámbito institucional y el partido no tenía otra ocupación que acompañar y apoyar las decisiones desde las instituciones.
Los principios y los programas empezaron a ser víctimas del utilitarismo de la política. Visto en perspectiva, probablemente muchas de las cosas que se hicieron –sobre todo las reconversiones industriales- eran imprescindibles para adaptarse a la inclusión en la Unión Europea. Hubo que erradicar la amenaza militar y desdecirse en la posición sobre la OTAN.
Creo que los cambios sociológicos y económicos de España, entre 1982 y 1995, fueron extraordinarios, y los logros conseguidos de una importancia capital. El precio fue el distanciamiento del partido y el Gobierno con la UGT y se profundizó en la parálisis que ya entonces empezó a afectar a la organización del partido.
Por eso, al margen de los errores en la última etapa de Felipe, creo que una de las equivocaciones básicas de Zapatero fue abjurar de la herencia socialista de la época de Felipe González para librarse de las consecuencias, sobre todo mediáticas, de los casos de corrupción y de las guerra sucia del GAL. Pretendió que todo aquello no tenía nada que ver con él.
Zapatero -y tu ya estabas con él a pesar de que apoyaste a Bono para la secretaría general- se quiso hacer perdonar los errores cometidos en los gobiernos de Felipe González –él ya estaba hace mucho como diputado en el Congreso, sin que haya constancia de un minuto de gloria y mucho menos de un distanciamiento crítico con las posiciones mayoritarias del PSOE- y su primera opción mediática fue echarse en los brazos de Pedro J. Ramírez para tratar de neutralizar la animadversión constante del ínclito director de El Mundo hacia el PSOE y, sobre todo hacia su persona. Se blindó de las críticas de El Mundo y se distanció de PRISA, al sentirse menospreciado por el todo poderoso Juan Luis Cebrián. Tu te las arreglaste para mantener una relación privilegiada con PRISA y con Cebrián, a pesar de que el secretario general del PSOE se lanzó a la aventura mediática de Público y La Sexta, que ha acabado como el rosario de la Aurora. Si te parece bien, podemos hablar de esto más adelante y del nefasto protagonismo que consiguieron los miembros del Club de basket de La Moncloa. Barroso, de Paz, Contreras y compañía. Todos ellos bien colocados y con buenas fortunas personales.
Esta relación enfermiza de José Luis Rodríguez Zapatero con el director de El Mundo, se merece capitulo aparte. Pero, hay que decir, que pienso que tu nunca te prestaste a ese juego, y desde luego quien maneja El Mundo te siguió tratando siempre con total resentimiento. Tu, a quien querías y no tengo noticia de que hayas cambiado esos sentimientos, era a Juan Luis Cebrían, ahora millonario convertido en oráculo subrepticio del nuevo progresismo.
Felipe González renunció a la secretaría general del PSOE, no solo para dar paso a Joaquín Almunia –renovador, como tu-, sino además para obligar a Alfonso Guerra a renunciar a pertenecer a la comisión Ejecutiva. Se cerró el ciclo de transformación del partido y, ante la ausencia de legitimidad que sentía Joaquín Almunia por su elección/designación como secretario general, estableció la ocurrencia de “primarias” con las consecuencias que trajo y que todavía colean. Digo ocurrencia porque las “primarias” reducidas a la elección de los militantes sin aportaciones de otros ciudadanos es un mal remedo de la democracia norteamericana que cautiva a quienes no creen en la importancia de los militantes y de los congresos de verdad democráticos.
Desde entonces el partido se ha ido encogiendo en número de militantes en donde por un sistema de cooptación quienes controlan la organización se blindan con quienes le son afines. El control de los puestos institucionales, de los funcionarios de confianza y de las listas electorales ha asesinado la autocrítica y el debate interno. La aclamación sustituye a las votaciones y solo se producen controversias cuando dos gallos pretenden el mismo puesto. El sistema de acceso a la dirección requiere sumisión previa a quien está por encima.
Los militantes no tienen espacio para su función política al margen de las instituciones. El PSOE está ajeno a las luchas democráticas en las calles, en las fabricas y en las organizaciones de masas. No tiene capacidad de convocatoria para liderar una manifestación y su ausencia en los conflictos provocados por los recortes, la reconversión ideológica y la lucha contra la corrupción es manifiesta. El Partido no sabe vivir al margen de la ocupación de espacios de poder porque la calle, las cosas que les ocurren a los ciudadanos, no están a su alcance.
Siento extenderme tanto, pero me parece imprescindible para sentar las bases razonadas de una propuesta que te seguiré enviando en próximos capítulos. Mañana pretendo abordar la importancia que tiene el partido y la necesidad de una vida activa e independiente de la presencia del PSOE en las instituciones. Y, sobre todo la transparencia en la gestión de los lideres y su sometimiento al control de los militantes. Y, naturalmente, las redes sociales y las fórmulas de participación democrática que se han abierto con las tecnologías.
Un abrazo sincero.
(Continuará)
Audio. Análisis de las razones para apoyar la Huelga General.
Razones para una huelga. Carlos Carnicero, Iñaki Iriondo y Miren Ibañez. Programa íntegro en Ganbara, en Radio Euskadi. Análisis de las razones para apoyar la Huelga General y sobre la vista en el Supremo del recurso sobre la condena a Arnáldo Otegui.
ETA ya no tiene el cronómetro
ETA ya no tiene el cronómetro de la vida política española. Hubo un tiempo en que casi se llegó a crear un consenso social sobre la idea de que la organización terrorista no podía ser derrotada, y en consecuencia, que no quedaba otro remedio que negociar con ella. Eso se acabó. Esa es su tragedia.
Su disolución no es una prioridad para los españoles porque la derrota no tiene urgencia de confirmación: es un hecho probado. La mentira le complica a ETA la vida. Tres etarras armados en una estación ferroviaria vecina a París es una mala noticia para ellos. Tenían material reciente para fabricar explosivos y para falsificar documentos. Con eso no se hace una verbena ni una fiesta de cumpleaños. Eso es actividad armada o terrorista, como la quieran llamar.
Sus comunicados son desmentidos por sus hechos. Pero ni siquiera es relevante su evidente engaño. Lo que le debiera preocupar a ETA es que a nadie le importa un pito ya lo que hagan porque todos hemos interiorizado su derrota.
Interiorizado de que ETA está derrotada quiera o no certificar su defunción.
Quienes tienen prisa son sus presos. Quienes miran el reloj son quienes les apoyan. Quienes trabajan en contra del tiempo son sus capitanes.
La esperanza del mundo abertzale es que la movilización social en Euskadi obliggue al gobierno de Rajoy a acelerar medidas que favorezcan a los presos. Ahí cuadra su error: miles de personas pidiendo libertad para quienes cumplen condena por asesinato es solo una anécdota sin consecuencias.
La detención de los etarras armados en París es una mala noticia para todos los miembros de ETA porque reafirma al Gobierno en la idea de que no tiene ninguna necesidad de hacer nada hasta que los miembros de ETA entreguen las armas y se hagan cargo de sus responsabilidades civiles y penales.
Si ETA sentía que podía tener valedores en el Gobierno Vasco, en el PNV y en algún sector de la sociedad española, la evidencia de que siguen jugando con armas y explosivos libera a todos de cualquier gesto a favor de que el Gobierno haga los suyos. El cronómetro de ETA se ha quedado atascado porque nadie le hace el menor caso.
Amaiur y El Estado de Derecho.
La extrema derecha -y también los movimientos más radicales de los nacionalismos- utilizan el Tribunal Constitucional como un instrumento de su conveniencia. Ahora están dando la carga con la presencia de Amaiur en las instituciones. La contradicción es evidente: si ETA ha dejado de matar, su mundo deberá abandonar la marginalidad. ¿O lo que quieren es que ETA vuelva a las andadas?
Amaiur es una coalición legal que ha conseguido representación parlamentaria con un importante número de votos en las tres circunscripciones de Euskadi y también en Navarra.
La posibilidad de concurrir a las elecciones fue una recuperación de la normalidad al establecer el Tribunal Constitucional –corrigiendo una sentencia anterior del Tribunal Supremo- que Bildu, antecedente de Amaiur, cumplía los requisitos establecidos en la llamada Ley de Partidos.
Así pues, frente a una sentencia del Tribunal Constitucional, queda poco hacer. Al que no le guste Amaiur, por supuesto no le vote –si está cesando en una circunscripción en donde se presente Amaiur-, que no le siga la corriente y que le deje en paz.
Si alguna institución entiende que hay motivos de recusar y promover la ilegalidad de Amaiur y tiene personalidad jurídica para ello, que inste a los tribunales.
La vieja costumbre española de hacer que cada sentencia, para que sea respetable, tiene que adecuarse a los deseos de quien la enjuicia, revela el pobre talante democrático de muchas instancias de la vida pública española.
A Amaiur hay que aplicarle grandes dosis de normalidad. Hay que dejarle en su sitio, con su fuerza y el espacio que sea capaz de ocupar.
La victimización de Amaiur es su factor de crecimiento. Quienes están obsesionados con la presencia de esta coalición en el Parlamento debieran pensar en las causas profundas de su arraigo popular y su presencia electoral.
Jugar al populismo con la demonización permanente de la coalición abertzale es la peor de las iniciativas. Primero porque la democracia y el estado de derecho tiene reglas que no se pueden vulnerar. Segundo, porque si hay algún problema es la radicalización de una parte del electorado vasco. Y eso no se resuelve colocando a Amaiur en el centro del escenario.









