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A propósito de la Corona. (II) El Rey, de solución a problema

Los últimos estudios demoscópicos han saltado las alarmas. La monarquía está a punto de caducar. No hay confianza en la Corona y los jóvenes marcan algo más que distancias. Y esto ocurre no porque haya un movimiento republicano consolidado, sino porque la erosión de la Corona, al amparo de escándalos continuados, ha introducido termitas en sus pilares. Los ciudadanos, muchos de ellos, creen que ya no es una institución útil como sedimento de la vida democrática. Y una monarquía reinventada que se había construido a la imagen y semejanza del Rey Juan Carlos ha visto este espejo hecho añicos.

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El deterioro alcanza a todas las instituciones de la vida pública, en especial a los partidos políticos y a los sindicatos. La novedad es que ahora ese distanciamiento en el aprecio de los ciudadanos se ha extendido a la Monarquía. Hecho inédito en la transición española.

La Corona ha estado blindada a la transparencia y se estableció un pacto tácito general de que había que salvar a la institución de la trituradora en la que se ha ido convirtiendo la vida pública. La confluencia de la profunda crisis económica con las medidas antidemocráticas para salir de ella han hecho que los ciudadanos no estén dispuestos a pasar por alto los fallos de la Corona. Y los últimos episodios de corrupción han desbordado el vaso con la imputación, pendiente de recurso, de la infanta Cristina, hija del Rey, y casada con Iñaki Urdangarín procesado por delitos económicos muy graves.

No hay entusiasmo republicano pero hay desafección a la Monarquía. Otro callejón sin aparente salida.

Los principales dirigentes políticos no ocultan su preocupación y se manifiestan, más en privado que en público, partidarios de una serie de reformas en la institución para tratar de salvarla.

Las medidas que se proponen, muchas de ellas a sotto voce, van de una inmediata abdicación del Rey en su hijo Felipe a la renuncia en la línea de sucesión monárquica de la infanta Cristina y su descendencia.

La inclusión de la Corona en la ley de Transparencia parece ya ineludible; y la Casa Real trata de establecer algunas limitaciones como bastión de defensa de la opacidad que ha gozado hasta ahora la Corona.

Sería vano intento establecer que la monarquía es la única reforma imprescindible para recuperar la confianza de los ciudadanos en las instituciones democráticas.

La reforma Constitucional que revise las instituciones para permitir su vigencia exige abrir en canal el funcionamiento de nuestra democracia. Desde la ley electoral hasta los controles y los castigos de la corrupción. Pero ninguno de los dos grades partidos se dan por aludidos de la brutal desafección que parece.

Sería mejor que los actuales regidores de las instituciones tomaran la iniciativa para los profundos cambios que se necesitan. Porque si no, la marea de la indignación y el descontento se los puede llevar por delante en primera instancia.

A propósito de la Corona (I) El yogurt ya no caduca; la monarquía, no estoy seguro

Nadie se ha molestado en desactivar las bombas de relojería que ha generado el sistema político español a través de los años. Y el temporizador, llegada la hora señalada, activa la espoleta. Y en ese momento, los biempensantes reclaman a la ciudadanía la responsabilidad que no han tenido sus dirigentes. Nos piden, a los que escribimos, que no escuchemos la explosión y que procuremos mirar a otro lado para ver si la bomba no se carga la institución solo porque se diga menos que ha explotado.

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Ya empiezan a decirnos: “no podemos permitirnos el lujo de hacer saltar por los aires la monarquía, que es pieza angular del sistema”.

Empecemos a precisar. Quién está dinamitando la institución que dicen que sostiene al sistema es, en primer lugar, el Rey y su familia. Bueno, tal vez podamos ayudar, pidiendo que la transparencia se introduzca en la Casa Real. Averiguando quién es Corinne y porque le hemos pagado los garbanzos. Y cuanto se ha llevado por las gestiones que se le han encargado. Pero no podemos ayudar colaborando en quitar importancia a unos hechos que son en sí mismos, letales.

Si gestionan bien su desgracia, los miembros de la Casa Real, sus amigos y quienes les sostienen, tal vez puedan salvar la Corona. Y el único procedimiento sería conquistar la confianza de los ciudadanos. Un cambio demasiado radical para que parezca posible.

No es fácil; no es solo marketing de magos de la comunicación. Es dar un paso al frente y demostrar que la monarquía puede servir no a los poderosos sino, sobre todo, a los más débiles. ¡Parece una iniciativa imposible! Sería como el regreso de Ricardo Corazón de León para que pactara con Robin Hood. Tampoco queda claro en la historia y en la leyenda si esa alianza duró más que para un saludo.

Estábamos acostumbrados a verlos, al Rey y a sus hijos, de regatas, en fiestas, en bodas reales. Cazando elefantes a escondidas. Estábamos acostumbrados a no preguntar por qué los empresarios de Baleares, cuando tenían plata, le regalaban al Rey de España un yate de lujo para sustituir el que le habían regalado los amigos árabes de Juan Carlos, que se había quedado obsoleto. Ahora todo eso es ya imposible.

Dicen que dijo Sabino Fernández Campos, el servidor más listo y sincero que ha tenido el Rey de España, que en esa casa, en La Zarzuela, daba la impresión que no trabajaba ni dios; que estaban todo el día esquiando, de regatas y de compras. De eso, ya hace unos años. Ahora las cosas ya son distintas, por los menos en las formas, pero igual es un poco tarde. Como han saltado las alarmas, el príncipe Felipe se ha decidido a pasear por La Latina. Y el pasado verano la consigna fue “vacaciones de botijo”.

La explosión no se ha producido solo por la imputación de la Infanta Cristina, sino que, por simpatía y contagio, el  estallido se puede extender a la institución misma de la Monarquía. La sombra de Corinne también es alargada. Y el Rey de baja por enfermedad.

El goteo indignante de las andanzas de Iñaki Urdangarín, yerno del Rey, ha hecho rebosar el vaso. Y el juez, que parece que no se casa más que con su criterio, ha tenido que hacer lo inevitable. Poner en primer plano judicial el hecho ineludible de que la infanta cristina, al contrario de lo que pretende Ana Mato, que no veía el jaguar de su marido, tenía que participar en los manejos de Iñaki Urdangarín, porque para eso estaba sentada en el consejo de administración de sus empresas.

Y todo esto ocurre mientras observamos al delfín de Mariano Rajoy compartiendo, Alfredo Núñez Feijó, también en yate, -¡qué manías de nuevos ricos!-, con uno de los más reputados narcotraficantes gallegos. Mientras los ex altos cargos que se han encargado de privatizar la sanidad madrileña se ponen al frente de los negocios que han generado. Mientras Bárcenas es una caja de sorpresas para todo el mundo, menos para Rajoy. Y mientras el presidente del Gobierno se esconde en su propia televisión para lanzar proclamas en las que no cree nadie y se blinda de cualquier contacto directo con los periodistas y los ciudadanos.

¿Hay alguna mezcla más explosiva que todo esto para dinamitar un sistema político que ya no sirve y que los ciudadanos no reconocen?

Continuará.

El desbordamiento: saltarán las costuras por la indignación

El idioma español es muy rico en sinónimos, analogías, adagios, refranes, sentencias e incluso, en hipérboles. Este muestrario de posibilidades para dar grafismo a lo que es evidente e indiscutido y, además, intolerable, permite un gran patrimonio literario en los asertos sobre la indignación de la vida colectiva.

Para describir una situación insostenible que anuncia graves repercusiones -en ocasiones sociales y políticas- existen muchas expresiones. “Saltar la olla” (por excesiva presión); “romperse las costuras”, por desbordamiento del contenido, “ponerle la tapa al pomo o frasco” (expresión latinoamericana y especialmente cubana) y “la gota que colmó (y desbordó el vaso derramando su contenido) son una demostración de que los españoles tienen capacidad de definir lo que ya no es soportable.

La olla de la vida política española está cargada de indignación y la temperatura hace rato que ha promovido la ebullición. Hay algunas válvulas de seguridad que han impedido, hasta ahora, la explosión de la caldera. Pero ésta ya no admite más presión: el paso siguiente será un estallido social de consecuencias inciertas.

Las válvulas de seguridad han sido varias. En primer lugar, el miedo a perderlo todo por quienes todavía tienen algo. El miedo es una niebla espesa que impide muchos legítimos reclamos y cobija a gentes agotadas en sus casas, incluso pasando hambre. Pero además, al amparo del cinismo de Rajoy, al determinar que “no ha cumplido sus promesas, pero ha cumplido con su deber” (blindado con la mayoría absoluta), ha incrementado el desánimo de que las cosas no pueden cambiar. Resignación, cristiana o no, pero solo hasta que el agua llega al cuello y la siguiente gota evidencie el  ahogamiento de las víctimas.

También han sido válvula de seguridad, para que la olla no estalle, la inoperancia, dejadez o falta de compromiso del principal partido de la oposición. Y de los sindicatos.

Rubalcaba ha sido siempre, sobre todo, un bienpensante. Esa especie del género humano que tienen pánico a traspasar aquello que las clases establecidas consideran límites infranqueables en cualquier circunstancia, incluso en las más extremas. Pero quienes abominan de cualquier algarada, justifican el 2 de Mayo, porque la actitud del invasor traspasó todos los límites.

Rubalcaba no dice ni mu de los escándalos en la Casa Real, no adhiere a su partido a casi ninguna manifestación, por legítima y razonada que pueda ser. Tiene pánico a verse involucrado con alguien que pueda promover el mínimo altercado. El filtro de lo respetable, lo determinan, entre otros, los editoriales de El País. Tengo mi propia opinión de la deriva del periódico que fiscaliza Juan Luis Cebrían y los bancos acreedores de un dinero que PRISA nunca podrá pagar. Rubalcaba está obsesionado con lo políticamente correcto, que le impide ver a los policías aporreando a pacíficos ciudadanos. O indignarse porque Corinne viva a cuenta de los presupuestos del estado.

Rubalcaba se muere antes de rozar una crónica de sucesos. Nunca hará nada que suponga un riesgo electoral de unos comicios que no ganará nunca, precisamente por estar abrasado por su condición de bienpensante. Ya es imposible tener ese comportamiento pequeño burgués de no rozar lo inadmisible, porque la destrucción del estado del bienestar y de la esencia misma de la democracia empieza a convocar respuestas contundentes. Y estás, como los ríos cuando crecen, encontrarán su cauce al margen de una canalización política que ya no tiene legitimidad y que no es reconocida por los ciudadanos.

Si se sigue echando leña a la hoguera; si no se reducen los líquidos de la olla, si se añaden más elementos a los fondos que están ya desbordados, saltarán las costuras, explotarán los recipientes, por muy sellados que se consideren, se desbordarán los vasos con las últimas gotas que ya son cataratas. Y la marea se va a llevar por delante a todos los que han pretendido, desde una falsa progresía, ser equidistantes.

PD: Me han faltado líneas para comentar las fotos de Alfredo Núñez Feijo compartiendo yate con su amigo narcotraficante. Tampoco he podido glosar que otro consejero de sanidad, un tal Lamela, el apóstol contra la sedición de los terminales, también se va a la Sanidad Privada que ellos están arrancando de la sanidad pública y universal que era el orgullo de los ciudadanos. Tiempo habrá. Por esto y mucho más van a estallar las calderas sin remedio.

La tortuga judicial aletarga la indignación

En tiempos de estrés informativo, la Justicia amortigua el efecto de las causas con su enorme dilación. La indignación entra en catalepsia porque las conclusiones judiciales no se concretan. Goteo de noticia sobre noticia que acaba en un charco que ya no se observa. Inundación de sirimiri.


Urdangarín, Bárcenas, Oriol Pujol, Eres de Andalucía, forman un cosmos que gotea información con una cadencia que no se corresponde con la sociedad de las tecnologías. Esa realidad permite que, a Mariano Rajoy, el silencio y la imperturbabilidad le resulten provechosos. Todo lo que se conoce es tan obsceno e insoportable que bastaría para acabar con la existencia política de quienes están inmersos en los procesos correspondientes. Pero el volumen de los legajos judiciales crece con una lentitud inasumible.

Las gotas no terminan de llenar los vasos. Ahora ya tenemos certeza judicial de que Gürtel y las finanzas del PP estaban conectadas. Sabemos mucho de lo que ha robado Bárcenas. Asistimos a las indemnizaciones millonarias de los encausados: el propio Bárcenas y Sepúlveda. Ni siquiera ha intentado el PP la vía de los despidos procedentes. Reforma laboral sólo para los trabajadores honrados. El PP paga los silencios. No hay nada definitivo que convoque a la depuración del sistema.

Luego, cuando el lento paso del tiempo se agota,  los veremos, como a Jaume Matas, en la picota de la entrada de la cárcel, pero entonces el coste político del partido que apadrinó a los corruptos ya no será ejecutado.

Es imprescindible una reforma en profundidad del ordenamiento procesal español, que sin limitar las garantías aceleré los procedimientos. Demasiadas fotocopias en la era de la tecnología.

Delitos de la misma naturaleza que los que aquí analizamos tienen un desenlace mucho más rápido en la mayoría de los países. Aquí las cosas funcionan tan lentas que un impertérrito sinvergüenza como Luís Bárcenas se permite la chulería de afirmar que no va a volver a declarar. Y ni siquiera lo meten en el talego para que se refresque.

A este stand bye se añade la ineptitud e inoperancia del principal partido de la oposición, que observa como Corinne presume de las comisiones que ha cobrado y guarda silencio, seguramente porque entiende la responsabilidad institucional como un condescendencia cómplice. Los españoles tienen derecho a la transparencia, incluso en los asuntos que atañen a la Monarquía. Pero Rubalcaba, que tal vez tenga cosas que esconder, no arriesga nada que le perturbe unas expectativas electorales que ni siquiera tiene.

Si la tortuga judicial no aligera el paso, nuestros nietos tendrán conocimiento de las condenas a Urdangarín, Bárcenas, Rajoy, Oriol Pujol y a los responsables de los Eres fraudulentos de Andalucía. Y mientras tanto, los corruptos o sus padrinos podrán seguir ganando elecciones.

¿Qué más le puede pasar a Rajoy?

 

Los optimistas creen que lo del PP es un problema de comunicación. Piensan que todo se reduce a no contestar preguntas en ruedas de prensa, incluso en Nueva York; o que  es adecuado romper los brazos de periodistas por guardaespaldas extremados. Pero no se trata de eso.

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El silencio no es solo una decisión de comunicación; es, sobre todo, la consideración política de que el tiempo es un bálsamo para todas los problemas. Podría ser, si la Justicia estuviera impasible. Eso ya no está permitido. La trayectoria de los escándalos del PP tiene dos vectores complementarios. La estrategia de Luís Bárcenas en su guerra contra Rajoy, y la cadencia cansina, pero imparable, de los jueces de instrucción.

Con el material que ya tienen los tribunales se puede construir una autopista que conduzca, con velocidad limitada, al final político de Rajoy. Y no solo de Rajoy: la mixtura insoportable de los negocios de Urdangarín –Y, tal vez de la Infanta Cristina, ante el giro que da el caso-, con el estatutos de Corinne, financiado con fondos públicos, amenaza también a la monarquía.

El PSOE es una jaula de grillos que cimbrean la cintura de Rubalcaba en Galicia, con primarias para elegir no al candidato, sino al líder, que debiera ser la misma cosa; en Cataluña, con la ensoñación de un derecho a decidir que es imposible, y con los escapes de gas, como en Ponferrada, donde un acosador histórico le ha dado una alcaldía envenenada al PSOE, precisamente en el día Internacional de la mujer.

El caos en el PSOE es el único alivio para Rajoy; pero es también un calmante envenenado que conduce a la generación de movimientos desinstitucionalizados o populismos italianos.

Nadie tiene, en la política española, prismáticos para la media distancia. Cuando alguien se está ahogando, no piensa en el año que viene. Y en España es difícil encontrar  un político que no esté dando manotazos de ahogado.

Estamos pendientes de la velocidad de la Justicia, de los pasos de Bárcenas y de la evolución de la Monarquía. La única esperanza es que la explosión de todas estas cargas de profundidad no se sincronicé. Entonces, la simpatía de los explosivos puede dinamitar el sistema.

El status de Corinne y otras menudencias

Reunión  a puerta cerrada en el Congreso para conocer el status que tenía Corinne zu Sayn-Wittgenstein en una residencia de El Pardo, a pocos metros del Palacio de la Zarzuela, durante cuatro años. Esta señora ha saltado a los medios y ha abierto la talanquera que le protegía de la claridad para la opinión pública. Dice que ha hecho servicios al Gobierno de España. Ahora debemos conocer que posición ocupaba y quien financiaba sus gastos. Nada extraordinario en la sociedad de la transparencia que queremos construir.

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                                                  La revista ¡Hola! siempre (o casi siempre) al servicio de La Corona.

España está cubierta por una niebla que se irá despejando. Bárcenas, Urdangarín, Corinne… Demasiados objetos fuera de foco que no queda más remedio que sacar a la luz.

El Rey convalece de una nueva operación. Las operacions de columna son fastidiosas en su recuperación. Me imagino que tiene que dormir boca abajo. Una posición que debe inducir a un cierto grado de depresión. Pesadillas con fantasmas. Su yerno, el pobre, que no puede pagar la hipoteca. Debe ser uno de los españoles que se dice que han vivido por encima de sus posibilidades. Un presupuesto de tres millones de euros para rehabilitr su palacete de Pedralbes. La alcaldesa de Valencia, entre otros, pagó las reformas a través de la fundación Noós. La cosa se complica. Y varios presidentes autonómicos del PP aportaron el dinero de todos los españoles.

Corinne, la amiga del Rey, estuvo viviendo protegida por el CNI, durante cuatro años, al lado del Palacio de La Zarzuela. Parece que hacía negocios con Arabia Saudí. La tradicional amistad de la Corona de España con las dictaduras árabes. Uno de estos días van a crucificar a un condenado a muerte en Arabia, a pesar de que todavía no ha llegado la Semana Santa.

El secretario de Estado Norteamericano, John Kerry, no ha podido hacer nada, porque en muchos estados de la Unión sigue friendo presos en la silla eléctrica. Cada país con pena de muerte vigente tiene sus sistema de ejecución. En China los sacan en la tele antes de fusilarlo. En los países árabes tienen sus procedimientos. Lapidación o corte de cabeza a cimitarra.  Lo de la crucifixión es tradición judeocristiana y romana que fue absorbida por el Islam. A pesar del petróleo, siguen en época pre medieval. Se modernizan en el uso del Rolls Royce, pero no en los usos democráticos ni en la práctica de los derechos humanos. El Rey ha conseguido que el AVE a La Meca sea made in Spain. Y a lo mejor Corinne ha tenido que ver en esas delicadas gestiones.

Lo de Bárcenas empieza a ser de historia de Le Carré. Pero Mariano Rajoy gurda silencio pensando que las cosas no se conocerán. Está equivocado. Es cuestión de tiempo.

Todas estas nieblas piden salir a la luz. El tiempo se irá despejando. Solo queda por saber si cuando salga el sol la sociedad española podrá soportar ver a Corinne, a Bárcenas, a Urdangarín y al propio rey sin la protección de las sombras. La cosa se va a poner en candela. Y con una desafección hacia los grandes partidos de más del ochenta por ciento. Pero hay esperanza. Rubalcaba ha pactado con los socialistas catalanes que están entusiasmados con el “derecho a decidir lo que no se puede decidir”. Seguiremos informando.

Elecciones italianas; en España siempre nos quedará Torrente

Deconstruir un sistema de partidos sin convocar un recambio sostenible conduce al esperpento; no podemos olvidar que es un género literario que deforma la realidad y exalta lo grotesco. En Italia acaban de reafirmar su entusiasmo por esta modalidad literaria en la que tan maestro era Valle Inclán. Solo que se les ha olvidado que la vida no es solo literatura.

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El asunto viene de lejos. Con la caída del Muro de Berlín se pusieron en marcha mecanismos de destrucción de los partidos de izquierda y centro izquierda Europeos. La coartada, que era cierta, fue la corrupción. Desapareció el PSI, pilar de la restauración democrática italiana, hasta el punto de que Betino Craxi acabó sus días en el exilio de Túnez. La marea alcanzó al Partido Comunista Italiano (PCI) de Enrico Berlinguer, otro pilar de la democracia italiana de la postguerra. Los mismos intentaron acabar con el prestigio de Mitterrand y dinamitaron las columnas de La Moncloa de Felipe González.

Veinte años después de aquel ejercicio de Mani Pulite, Italia es un erial político sin partidos que estructuren una sociedad política con mecanismos complejos de estabilidad.  Acabar con lo que existe es un simple mecanismo de demolición; construir estructuras de recambio no es fácil porque los edificios políticos sólidos requieren del reposo del tiempo.

Un sinvergüenza, Berlusconi, y un cómico que responde al nombre de Beppe Grillo, son los herederos impostados de la finezza política italiana. Y ahora, la ingobernabilidad es la respuesta a otra impostura: la de un tecnócrata como candidato de la señora Mérkel.

Si el esperpento italiano está cimentado en el descrédito de la política, en España no falta material de construcción y seguro que hay ingenieros solapados. De momento, a la cabeza de la deconstrucción de la política desde las instituciones se ha situado Rosa Diez con su proyecto personal de UPyD. Populismo en estado puro. Machismo de conveniencia. Recoge los rescoldos inservibles del PP y los amasa según los ecos del momento. Y no va mal en las encuestas.

No falta casi de nada. El expresidente de la CEOE está en la cárcel y el actual número dos presume de que no paga la seguridad social. Urdangarín y Corinna se encargan de la demolición de la Monarquía. Y #Bárcenas retrata la honestidad del PP.

La indignación generalizada promueve el rechazo a los partidos convencionales se desmoronan . El bipartidismo imperfecto genera una fusión PPPSOE que hace las delicias de las redes sociales. Y el PSOE no quiere encontrar el camino de la regeneración. Ni siquiera forma un dueto con sus hermanos del PSC que quieres ser españoles rompiendo con España.

Los ingredientes para el coctel están servidos. Y la historia enseña que ver las patas al lobo no convoca a guardar el ganado.

El grito generalizado contra los partidos y los políticos está instalado en el ambiente. No sin motivos. La indignación en las calles es observada con una mezcla de temor y desdén desde los despachos de Ferraz; el PSOE no está acostumbrado a respetar lo que no controla. Y ya casi no controla ni a los suyos.

Bueno, seguiremos pendientes de que Izquierda Unida madure; de que los sindicatos quieran ser autónomos del poder y de que los socialistas pasen la aspiradora. Pero mientras tanto, la atracción del abismo italiano y de dejar que el terremoto se lleve todo por delante, seguirá creciendo en España. Y ni siquiera vive Toni Leblanc para tener un humorista de cabecera. Un buen aspirante al poder puede ser José Ignacio Wert, maestro del esperpento.  ¿Tal vez la alternativa razonable sea Torrente?

El Parlamento y la realidad

El Congreso de los Diputados es una cámara de vacío en donde no puede entrar la realidad española. Mediante bombas de succión de la situación de la sociedad, sus señorías crean una atmósfera inerte ajena a los padecimientos de la ciudadanía. Terminados los discursos huecos, la calle recupera la realidad.

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El debate sirvió para un acto de exaltación de marianismo, entendido como la actitud política que justifica cualquier conducta mediante la evocación del cumplimiento del deber. Aplausos de quienes ya están desahuciados.

Pero la cámara de vacío del Congreso no puede absorber la realidad que circula por el exterior. Luis Bárcenas además de hacer ese gesto grosero con la mano a su regreso a Canadá –no tiene objeción judicial alguna a que visite cualquier paraíso fiscal para manejar su fortuna- tuvo tiempo para acudir al notario y certificar que los papeles de donaciones y pagos eran ciertos. Urdangarín hace como que intenta exculpara a la Corona, cuando esa implicación sería su única salvación por contagio. Los espías catalanes se ponen el casco para entrar al juzgado en donde no pueden circular en moto. Alfredo Pérez Rubalcaba intentar resistir de su propio desahucio político. Y los ciudadanos, con sus mareas verdes, negras y blancas, recuperan el espacio en libertad de las calles.

El PP, tan ocupado en el cumplimiento del deber, no encuentra tiempo para formalizar sus querellas y demandas contra quien fue su empleado hasta el mes de enero  del año pasado y que limpió la caja B, llevándose, al menos, 22 millones de euros. Los sobres fueron el precio del silencio de quienes los recibían.

La realidad del Congreso se disipa en cuanto se cierra la cesión. La Unión Europea no ha tardado en desmentir las verdades de Rajoy y eleva el déficit real al 10 por ciento. Los parados superarán pronto los seis millones y Urdangarín, entre otros, está consiguiendo un clamor por la abdicación del Rey, que es la mejor noticia para él. Mientras se pide el relevo no se proclama la República.  Es esta una espiral que todavía no ha abandonado su eje de giro para explotar en las calles. Pero el huracán que anida en el corazón de los españoles toma fuerza en cada indignación añadida.

Quizá todavía no hemos perdido el miedo a que las cosas cambien. El desalojo de esta clase política generará una nueva. Ahí, en la historia de cada sociedad no funcionan las bombas de vacío mientras no se vacíe el cerebro de los ciudadanos. Creo que la caída del consumo es una buena noticia a estos efectos, porque cuando no se puede tener lo que se ofrece se empieza a luchar por lo que corresponde.

Chantajes y estado de implosión

No están sincronizados, pero los distintos chantajes que pesan sobre políticos e instituciones amenazan con la oclusión del sistema político y con una implosión, producida desde dentro de las instituciones, que puede llegar terminar con el actual modelo de democracia.

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Desde el Rey para abajo, es difícil encontrar personalidades del estado que no estén amenazadas por uno u otro chantaje. Por si faltaba algo, el escándalo del espionaje político en Cataluña podría afectar, incluso, al proceso soberanista puesto en marcha por el president Mas. No hay partido político de peso, que de una u otra manera, esté inmerso en este estado de amenazas.

El socio del yerno del Rey, Diego Torres, da más vueltas a la manivela del chantaje contra su socio, Iñaki Urdangarín, que se extiende a su esposa, la Infanta Cristina, cada vez con más fuera, y alcanza a la Casa del Rey. En su última comparecencia, Torres fue más allá al especular con intervenciones directas del Rey de una amiga muy cercana del monarca e incluso del príncipe Felipe.

En el Gobierno las cosas no están mejor. Mariano Rajoy, en su doble condición de presidente del PP y del Gobierno, no facilita explicación alguna de que Luís Bárcenas haya sido trabajador del partido, hasta más de dos años después de dimitir como senador y ser imputado en la trama GÜrtell. Nadie sabe ni responde por qué ese trato de privilegio a quien se llevó por lo menos 22 millones de euros a Suiza y ha sido responsable de las finanzas del PP durante más de veinte años.

Como en una novela por entregas del siglo XIX, los españoles acuden cada día al kiosco o a Internet para conocer la evolución de los malvados que han hecho de España en una inmensa cloaca de corrupción. El asunto es conversación obligada de despachos, fábricas y bares. Y ha calado de tal forma en la ciudadanía que la indignación se desbordad sin control. Son un conjunto de asuntos que no se van a olvidar.

En Cataluña, la estabilidad política está amenazada por el conocimiento de agencias de detectives que realizaban investigaciones sobre los negocios y la vida personal de connotados políticos. Parece evidente que el chantaje era el móvil de esos encargos de los que se busca responsables. Alguno de los políticos más involucrados en el proceso soberanista podrían alcanzar la condición de imputados por corrupción en las próximas semanas.

Es difícil encontrar una constelación que ponga en conjunción tantos astros de las sentinas del Estado. La indignación va en aumento, hierven las redes sociales y los movimientos de ciudadanos indignados comienzan a tener sus primeras victorias sobre el Parlamento y las decisiones de los partidos mayoritarios.

Si la conjunción se mantiene, si la infanta Cristina es llamada a declarar en las causas de corrupción del duque de Palma y si altos dirigentes del PP, incluido el propio presidente del Gobierno, son citados en sede judicial, la estabilidad de gobierno en España y, también en Cataluña, puede hacerse insostenible.

Mientras tanto no hay reacción ante los sucesivos chantajes. Luis Bárcenas maneja sus agendas y sus documentos con eficacia. Hasta ahora, ha conseguido, ni más ni menos, que Mariano Rajoy, lejos de poner en marcha acciones judiciales contra él, ni siquiera se atreva a pronunciar su nombre.

Aceptar un chantaje promueve tanta o más debilidad que el que se conozca su contenido. Si las demandas del chantajista son inasumibles, lo aconsejable es la eutanasia para no alargar el sufrimiento del enfermo.

A este panorama desolador hay que añadir la crisis sistémica de la CEOE. Su anterior presidente está en la cárcel acusado de graves delitos de corrupción. Su sucesor actúa como pirómano poniendo en duda los datos oficiales del estado sobre el desempleo e insulta y ofende a cientos de miles de trabajadores funcionarios públicos. Y su vicepresidente tendrá que dimitir en cuanto avance el proceso de escaqueo de pagos a la seguridad social y a Hacienda por pagos en dinero negro a sus trabajadores.

Y, a propósito de enfermedad, los continuos achaques del Rey de España, su edad y las obligaciones imprescindibles de su agenda, son un factor añadido para una institución hereditaria que no está tan consolidada como para que la primera sucesión no sea compleja y delicada.

Todas las cargas están puestas en la estructura del estado. Si implosionan desde su interior, será muy difícil mantener en pie las cimientos que lo soportan. Pero el riesgo de desestabilización no puede ni debe impedir que se conozca la verdad. Esta vez los ciudadanos ni están dispuestos a perdonar ni a olvidar.

El puñetazo del Rey.

Muy enfadado tiene que estar el Rey para decir que su yerno no ha tenido un comportamiento ejemplar. Y muy consciente del peligro que los escándalos de corrupción tienen para la monarquía. El Rey ha pegado un puñetazo encima de la mesa porque es consciente de lo que se juega.

Primera pregunta: ¿quién en el seno de la Familia Real conocía las actividades económicas del Duque de Palma? Los beneficios que obtenía en esa extraña fundación por no hacer nada lo eran en función de la adscripción de Iñaki Urdangarín a la Casa Real, de una u otra forma. Se paga por no hacer nada a quien puede influir. A nadie más.

Segunda pregunta: ¿Nadie en el entorno del Rey conocía las actividades de quien ahora se condena con la frase que “no ha tenido una conducta ejemplar?

Tercera pregunta: ¿Fue el conocimiento de esas actividades lo que llevó a los Duques de Palma a residir en Estados Unidos?

El panorama se adivina negro. Todavía no hay ni siquiera imputación, pero lo que se deduce del actual conocimiento de los hechos no es muy esperanzador para el marido de una de las hijas de los Reyes de España.

La posibilidad, que se abre camino a marchas forzadas, de un miembro de la Casa Real –que lo era hasta el punto de que ahora ha sido apartado- en el banquillo de los acusados es muy poco prometedora para la monarquía.

Si era complicada la transición entre el Rey de España y su hijo Felipe, el asunto Urdangarín la convierte en espinosa.

El puñetazo del Rey es una conducción de Urdangarín a la picota. Porque el Rey sabe, por lo que le ocurrió a su abuelo, Alfonso XIII, que la monarquía en España está siempre pendiente de un hilo. Ahora tiene más posibilidades que nunca de que ese hilo se rompa.